Capitulo 5

– Que bonito es volar

La Bruja

Nexoxcho tuvo que salir a la calle. Sus pasos lo llevaron al mercado de la esquina. ¿Qué le vendemos, jóven? ¿Un león, un elefante?

– No gracias, wey, no necesito tanto un elefante para mi casa.

– ¿Y qué tal un león? Ínsistió el vendedor, un viejito con sus ojos cansados de vivir, cansados de vender elefantes.

– ¿Qué chingados voy a hacer con un pinche león. Y primero, ¿dónde lo conseguiste? ¿Te lo robaste del zoológico?

– Eso, mi jefe, es un secreto. Hay muchas cosas que no se deben saber.

– Ni modo, que le vaya bien.

Y se fue más allá en el mercado.

Aquí se vende de todo, amuletos mágicos, jabón de la santa muerte, polvo de amor, polvo del odio, polvo para cada situación y crema para la fertilidad, animales –menos los perros que andan libremente- perros que nadie quisiera comprar de todas maneras. Estatuas de Jesús Malverde. Lo que sea. No hay espacio, y al pasar por el mercado, los perfumes, las yerbas de brujería, y la gente turbulenta te pueden marear. Esto le vale madres a Nexoxcho, pues le gusta acordarse de sus raíces, del México antiguo, del México que lo antropólogos lentamente desentierran, sacando a la vez más y más enigmas sobre lo que fue, lo que pasó por el lago de Texcoco. Aquí también se ve que este México se desentierra solo, sale por debajo de la urbe moderna. Al caminar un poco más se tropezó con una de estas estatuas de la Santa Muerte, Doña huesos. Grande y majestuosa frente a Nexoxcho, con la mirada más que vacía, con una mirada sin ojos. Siempre le había tenido miedo a esas estatuas del mercado, desde que tiene memoria. Ahora bien, él no le tenía miedo a muchas cosas en la vida. Había visto un chíngo por las calles. Pandilleros matándose, la tira secuestrando y gente volviéndose loca, en estado de crisis. Esto era lo peor porque aunque con ojos tenían la mirada de estatua. No tenía tanto miedo a la muerta misma. De hecho mucho más miedo le tenía a la vida, a Tezcatlipoca. Le daba miedo ver algo sin vida, con la vida sacada. Lo único que le permitía pasar y acercarse a las estatuas de la Santa Muerta era que de jovencito, estaba seguro que había visto a una de ellas sonreír. Y no fue una sonrisa plácida, tampoco sardónica, fue una sonrisa benevolente. Al decirle a sus amigos, se burlaron de él y lo trataron de pendejo, pero le valío.
Aquí estaba en el mercado de Sonora, mercado que huele a México antiguo

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Capitulo 5