Capitulo 4

– La máscara no hace al luchado, el luchador hace la máscara

Sin Cara

La cruda se sentía desde antes de abrir los ojos. Nexoxcho crudo. Por eso los dejó cerrados otro ratito, como si abrirlos al espectáculo de su vida empeorara las cosas. Al ver otra vez la ciudad, sin importar qué parte, se despertaba sabiendo que seguía en el desmadre, pero, ¿dónde estaba exactamente? No hay direcciones en el desmadre, solo lugares perdidos, no hay sentidos, solo los pasos que dejas atrás de ti.

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Por fin abrió los ojos descubriendo un charco de vómito polícromo. Todo alrededor era su cuarto, y más allá su vida entera. Él tenía su proprio cuarto. Con su ventana abriendo hacia la calle, su piso de madera, su desmadrito, su camita sencilla y su póster de lucha libre: Fray Tormenta dando su llave típica, La Confesadora. Si, Fray Tormenta era de la iglesia, el papa sabe, y cuando no se toman la molestia de pasar por el confesionario, uno se encarga de hacerlo, ¿no? Siempre se preguntaba lo que iba a confesar el segundo luchador. Qué pecado, si hay tantos. Al buscar uno sólo se los encontró en cada rincón. Hasta Fray Tormenta tenia pecados. Está vez, seguramente estaba a punto de pedir perdón por haber abusado del mezcal. Como siempre, es Nexoxcho quien carga la penitencia de sacar la jerga y limpiar todo.

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Más allá del desmadrito se oía la madre mandándole a bajar a desayunar chilaquiles. Cada día, su mamá se despertaba antes que él, antes que todos, a preparar la comida, a limpiar la casa. Nunca se quejaba. Aquí, alrededor de la mesa estaban todos, los hermanos, la hermana, el papá. Nunca supo si todos sus hermanos eran de su sangre, pero ni modo: en esta mesa, si que eran hermanos. Tirándose comida, dando lata, sacando la lengua, peleándose a patadas bajo la mesa. Era un campo de batalla bajo la mirada y la sonrisa de aprobación del papá quien se acordaba de sus hermanos difuntos. De vez en cuando el jefe le daba una pomba a uno de los chamacos, no siempre al más culpable pero al que quedaba más cerca. En la mesa no hay Confesadora; los pecados son piadosos, y a veces los demás no importan. Lo único que importa son las perpetuas preguntas acerca de la salud. ¿Quehubo mi’ijo? ¿Qué dices? En general, las repuestas también son las mismas, pero no importa mucho. El reconfortante cariño los une a través de aquellas preguntas de pecadillos y los protege un momento antes de desubicarse por la red de la urbe, de ser nadie otra vez. No hay Confesadora en la mesa, solo la honesitad que los une. La familia existía mucho antes de la llegada de los españoles. Besando la frente de cada quien, Nexoxcho se fue despidiéndose de todos al salir rumbo a la chamba y la escuela.

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Capitulo 4