Capitulo 20

“De ninguna manera volveré a México. No soporto estar en un país más surrealista que mis pinturas.” Salvdor Dali

El_suplicio_de_Cuauhtémoc

Nacoloa la sentía muy bien. Ya bailando había sentido su cuerpo calentarse, y eso no miente. Ella lo traía de la mano a través de la gente. EL sudor de todos ya se mezclaba. A llegar al fondo de la pista pegó su cuerpo con el de Nacoloa y le murmuró que él le deberia de ofrecer una chela.

-¿Cómo no mi reina? con su mirada precisa de águila que podía claramente distinguir una cogida de poca madre en el fondo de los ojos de Guapalupe. Grito al mesero que les traeran un par de Indios, y volvió frente a la morra. Lentamente se acercó para besarla al mismo que bajaba su mano derecha hacía sus nalgas. Se retiró un poco la Guapalupe.

– Oyé tranquilo papi, ¿No me vas a emborrachar verdad? Ella le dijo con la mirada abajo, ojos casi cerrados, como la Guadalupe.

 Se dejó ver otra vez su sonrisa. Se dice monos a los hombres a México. Se dice también que los monos sonríen para expresar de sumisión. Ella sonreía a lo largo de su boca. Nacoloa entendía eso, lo sabía, lo veía ahora aunque nunca había escuchado acerca esta teoría de sumisión de los monos. Pensaba que sin duda era bien cachonda la morra, ahuevo que mamaba y todo. Las manos de Guapalupe descansaban en los bíceps de Nacoloa, bien duros después de bailar, de haberle dando tantas vueltas a la morra.

que me bailaste. Le dijo, como quién sobrevivió un tornado.

Se sintió todo orgulloso el Nacoloa, y solo pudo contestar pagando las chelas que acababan de llegar. Brindaron rápido para no perder tiempo y ya los primeros tragos pasaban por las gargantas. Mientras bebía, la Guapalupe puso su otra mano en los huevos de Nacoloa, acariciándolos un ratito antes de empuñarlos con toda la mano. No sorprendió al hombre por nada; soló se dejó tocar todo comoda, poniéndolos un poco adelante para acomodar a mano de la Guapalupe.

– Oye, Sí que te gusta tus huevos. Los cuidas bien me imagino.

– Es que estos tienen historia. No tocas cualquier par de huevos.

– Me imagino. No se imaginaba por nada que tocaba un asunto tan sensible para Nacoloa.

– Me puedes cuentear a ver si son tan glorioso, broméo la Guapalupe.

– Hummm, vale. ¿Conoces la leyenda de Cuauhtémoc y los tres huevos de oro?

– No creo. Dime

– Sabes que torturaron a Cuauhtémoc. Por ejemplo, le ponían aceite caliente en los pies y lo mismo al otro puto de Tetlepanquetzaltzin.. Pues, lo que pocos saben, es que el verdugo no podía creer que era tan cabrón el tlatoani. Que no gritaba, que no lloraba. Apenas respondía su cuerpo a las torturas que le estaba dando. No lo podían chingar. Entonces decidió cortarle los huevos. Pero para su gran sorpresa el pinche tlatoani tenía tres testículos. Tres huevos ¿me crees? Eso explicaba mucho lo cabron que era. Y talomo planeado se los quitaron a Cuauhtémoc.

– No manches, pobre.

– Si, estuvo horrible. Lo que pasó después fue que mandaron el tlatoani de viaje con Cortez a las Hibueras, y alla se murió, pero sus huevos todavia estaban en Tenochtitlan y su hija lo sabia. Ella los recupero y fue a enterrarlos en la tierra sagrada de Tepito. Años y años pasaron, pero ella perdí su posición social y se quedó bien pobre, casi no comía. Entonces un día se fue a recuperarlos, por siacaso los podría vender a cambio de algunas riquezas. Eran los huevos de Cuauhtémoc al fin ¿no? ‘Tonces fue para allá, al mismo lugar y descubrió que aquellos huevos se habían transformado en huevos de oro!

-Humm. Apenas pudo evitar cagarse de risa la Guapalupe. Pero parecía tan serio el huey al contar su historia de los pinches huevos de oro que no le quería molestar por nada.

– Lo que hizo ella fue vender uno, para sobrevivir, y guardó los demás por un tiempo. No tuvo que decir que eran los huevos del difunto tlatoani, nadie le hubiera creído, pero pudo sacar un chingo de lana porque eran de oro. Los huevos de oro se quedaron en su familia por muchas generaciones y el secreto de quien eran con ellos. A fin de cuentas, hace como un siglo más o menos, los líderes del barrio aprendieron la noticia y mataron a la familia para recuperar los huevos como patrimonio del barrio. Pues, sabía que la fuerza vital del ultimo tlatoani se conservó en los huevos y esta fuerza debía servir para el barrio. Entonces, desde ese momento, cada 5 años, un grupo anónimo de personalidades importantes del barrio eligen un joven entre11 y 13 años que ha probado su coraje, su fuerza y su liderazgo a través de múltiples situaciones cotidianas de Tepito. Nada está arreglado, los dioses eligen las dificultades que los jóvenes deben superar. De aquellos jóvenes conoces a algunas seguramente: El Cuauhtémoc blanco, Raúl el Ratón Marcias, los hijos de Sanchez, y apenas ahorita bailaste salsa con uno de ellos.

– Jajaja, no manches. Te estoy tocando los huevos y te puedo decir que no son de oro, dijo Guapalupe con su cara de no-mames..

– Si, es que cada 5 años cambia el niño, y les regresan sus propios huevos. Durante todo este tiempo, una parte de la energía de Cuauhtémoc entra tu cuerpo y tu corazón.

Terminaron sus chelas y rápido él se fue al baño. Se puso a reír bien fuerte la cabrona, nunca le habían echado un tal chorro. ¡Huevos de Cuauhtémoc! Este pendejo es loreto, esta listo por el manicomio. En el baño Nacoloa terminó de mear. Se fue al espejo y puso un poco más de gel en sus cabellos; estaba peinado pa’tras. Se sentía bien cabrón cuando contaba la historia. Si recordaba esos dos huevos de oro entre sus piernas. Eran un poco pesados, claro, pero tenía bóxers especial para cuidarlos. Se acordaba que en la noche, antes de dormir, se tocaba los huevos, les miraba el color. Le gustaba sentirlos, pesado entre sus dedos. 

Un chavo que se había quedado al lado de ellos a lo largo de la historia quiso intervenir.

– Oye, deja esa marihuanada. Ven por mi casa ¿no?

Ella vio que ya no regresaba el Nacoloa y, pues, por qué no.

– Si, si quieres, vamos.

Cuando regresó Nacoloa, no pudo encontrar a la chava. Híjole. Pues, una buena cogida perdida, pero había mas morras en el bar y muchas lo habían visto bailar.

Capitulo 20

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